miércoles, 4 de octubre de 2017

Respeto a la naturaleza y ecología. Conozca al autor que promulgó estas ideas que ahora nos parecen tan habituales

Hablar de Hans Jonas (Alemania 1903-1993) es hablar de uno de los grandes pensadores del siglo pasado. Al igual que otros muchos filósofos su nombre no es especialmente conocido, pero sus entonces novedosas ideas forman parte de nuestra forma de pensar. Sus reflexiones han influenciado fuertemente en algunas disciplinas como la bioética, así como en la concepción actual y la conciencia del respeto al medio ambiente.

En su influyente libro publicado en 1973 y titulado «El principio de responsabilidad» Hans Jonas reflexiona acerca del estado actual de la ética en un mundo tecnificado donde no se puede aislar al hombre de la naturaleza. Para el autor, ambos entes son interdependientes y esto trae consigo una factible consecuencia: un abuso por parte de la humanidad puede causar la destrucción del entorno natural, y como consecuencia de ésto, la desaparición de la humanidad como parte integrante de ese todo indivisible.

Para Jonas hasta hace menos de un siglo el medio ambiente no se contemplaba como una realidad sujeta a la responsabilidad del hombre. Se consideraba que la naturaleza cuidaba de si misma y estaba fuera de cualquier regulación humana. Por tanto, a lo largo de la historia se ha ido creando éticas locales basadas en el aquí y en el ahora. Las mismas se han centrado en la acción con el prójimo en un tiempo presente y en un entorno cercano. Dicha éticas se han caracterizado por:
  • La condición humana permanece inmutable en cualquier tiempo pasado o futuro.
  • El alcance de la acción humana está limitado a un contexto pequeño.
  • Como consecuencia permite centrar la acción y los juicios éticos hacia el prójimo (o sus bienes).
Como sabemos, el avance de la ciencia ha sido rápido en los últimos siglos, especialmente en el siglo XX. Este avance se ha desarrollado de manera despreocupada y desligada de la ética. Sus únicas premisas han sido tales como «conocer por conocer'» o «descubrir la verdad». Esto, poco a poco, ha dotado al hombre de la capacidad desencadenar consecuencias que se escapan incluso a las propias predicciones ciencia puede proporcionar. Se implica por tanto una doble vertiente:
  • El conocimiento científico no es capaz de conocer ni predecir los resultados de su propia aplicación.
  • La ética tradicional no puede servir de marco en esta nueva situación,  y por consiguiente, se va quedando anticuada.
Por otra parte, este conocimiento científico tiene su aplicaciones prácticas a través de la tecnología, y esta ya no se limita a poner la naturaleza al servicio del hombre, ahora es capaz de modificarla sustancialmente. Siendo la tecnología una actividad humana el hombre empieza a tener una relación de responsabilidad con la naturaleza, pues la misma se encuentra bajo su influencia. Ante esta nuevo poder de transformación —según Jonas— una nueva nueva ética debe ser formulada, como consecuencia de que estamos desprovistos de reglas que ordenen nuestras acciones.

El filósofo propone una nueva ética desde las bases. El hombre no debe construir su destino mostrándose ciego a su poder de transformación e ignorando la moralidad. Es necesaria una nueva filosofía de la ciencia, así como un nuevo paradigma ético. Si bien la ciencia puede considerarse como un saber puro, sucede que, cuando la misma es puesta en práctica a través de la tecnología, se convierte en intervencionista y transformadora, por tanto debe ser usada responsablemente y teniendo en cuenta a ciertos principios morales.

Para tal fin, Jonas enunció el siguiente imperativo: «Obra de tal modo que los efectos de tu acción sean compatibles con la permanencia de una vida humana auténtica en la tierra». El cual recuerda al imperativo categórico de Kant: «Obra sólo de forma que puedas desear que la máxima de tu acción se convierta en una ley universal».

Para que exista la responsabilidad también es necesario que exista un sujeto consciente. Esto choca con la creciente especialización del saber, donde las parcelas de conocimiento son tan estrechas que distorsionan la consciencia universal. Según Jonas el primer deber de los científicos es la Eurística de temor. Ésta promueve una reflexión sobre el avance del conocimiento hasta sus últimas consecuencias. Es necesaria la sensación de estar amenazados para tomar en consideración a la ética. Pero ésta no se debe convertir en un temor que impida la acción generando pesimismo y angustia. Se debe disponer de ella como un elemento para generar una reflexión profunda acerca los hechos presentes que puedan desencadenar futuras amenazas.

Como ya se ha dicho, el imperativo de Jonas no solo es un imperativo para el presente, pues tiene implicaciones en el futuro. No solo se centra en que otras personas puedan vivir después de nosotros, también en que éstos convivan según la idea de humanidad presente y en un entorno ambiental preservado. No obstante, conviene destacar que el mismo autor critica a la utopía, pues según él no se puede pensar en un fin último si no es través del conocimiento del presente. Esta crítica también conlleva a prevenir la ilusión de concebir a la tecnología como el elemento central y/o salvador que conduciría a dicha utopía.

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